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La leyenda de Mahaduta
(Jataka)
9)
La corona le trae la desgracia a
Pandú,
y él no puede escapar de su retribución
Un día, transcurridos seis o siete años desde su primer
encuentro con el Venerable Narada en el camino hacia Varanasi, el taller
de Pandú recibió un encargo muy especial. El rey del país
vecino, al otro lado de las montañas, deseaba una nueva corona
real. Él había oído hablar de la gran calidad de
los productos de joyería de Pandú. La corona tenía
que ser de oro con incrustaciones de las mejores piedras preciosas de
toda la India. Los reyes de la India siempre habían tenido debilidad
por las piedras preciosas y Pandú había soñado a
menudo con convertirse en el joyero oficial de una casa real, pues entonces
él tendría asegurada no sólo prosperidad sino también
grandes riquezas. Ahora su oportunidad había llegado.
Pandú dio órdenes de comprar los mejores zafiros, rubíes
y diamantes que se pudiesen encontrar. Invirtió la mayor parte
de su patrimonio en ellos. Diseñó y trabajó en la
corona él mismo. Después, usando una escolta numerosa de
hombres armados para protegerse de los ladrones de las montañas,
se dispuso a viajar al país vecino.
Todo estaba bien hasta que llegaron a un estrecho sendero cerca de la
cima de la montaña. Allí un grupo de fieros ladrones descendieron
con estrépito sobre la caravana. Aunque la escolta de Pandú
era mayor en número, los caballos asustados y el sendero tan estrecho
dificultaron la defensa.
En cuestión de minutos, los hombres de Pandú habían
sido desarmados. Dos hombres sucios y sin afeitar abrieron la puerta del
carruaje del joyero, lo sacaron fuera y después de tirarlo al suelo
empezaron a golpearlo. Pandú aguantó los golpes, pensando
sólo en la bolsa escondida bajo sus ropas, apretándola contra
su pecho. En la bolsa estaba la corona y una colección de piedras
preciosas con las que él había planeado tentar a la hija
del rey y a la reina.
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