|
La leyenda de Mahaduta
(Jataka)
4) Golpeado cruelmente y sin razón,
el esclavo escapa enfadado.
Devala obró según las instrucciones del monje. No tenía
ningún deseo de quedarse con el dinero. Sólo deseaba pagar
su deuda kármica con el joyero. Al anochecer, cuando llegaron a
Varanasi, fue a la posada donde los hombres ricos solían hospedarse
y pidió ver a Pandú.
–¿Y quién debo decir que quiere verlo?
–dijo
el posadero mirando con desdén la vestimenta del agricultor.
–Dígale que un amigo ha venido a verlo
–contestó
Devala.
En unos minutos, Pandú entró en la habitación donde
Devala estaba esperando. Cuando Pandú vio al campesino ofrecerle
su bolsa, se quedó sin habla, lleno de sorpresa, vergüenza,
y también alivio. Pero al momento que se reaccionó, salió
corriendo de la habitación gritando:
–Parad, parad de golpearle.
Devala había oído quejidos provenientes de una habitación
contigua. Pensaba que habría alguien agonizando de fiebre. Al poco,
un hombre alto y corpulento entró con su espalda desnuda cubierta
de sangre, y amoratada como consecuencia de los golpes recibidos. Era
Mahaduta, el esclavo del joyero. Un oficial de policía lo seguía
con un látigo en una mano y un palo en la otra.
Al ver a Devala, Mahaduta se sorprendió y dijo:
–Mi amable amo pensó que le había robado la bolsa.
Hizo que me golpearan para que confesase. Este es mi castigo por hacerte
daño siguiendo sus órdenes.
Y a trompicones y sin dirigir palabra a su amo, salió fuera y
se perdió en la noche. Pandú lo vio irse, pensando que debía
decir algo. Pero era demasiado orgulloso para pedir el perdón de
un esclavo, especialmente delante de otra gente.
|